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3 ediciones para explorar · futuro, live y pasado
Números, sede y manías de la casa
La entrada a Cirque Magique nunca pretendía parecer únicamente la puerta de un festival de música electrónica. En sus mejores años, atravesarla significaba encontrarse con carpas de colores, personajes de circo, acróbatas, tragafuegos, clowns, carruseles y decorados que convertían unos campos de West-Vlaanderen en una especie de feria nocturna ligeramente surrealista. Después llegaban los bajos. House y techno constituían el corazón musical, pero la experiencia estaba diseñada para que el escenario no fuese el único lugar al que mirar. Un performer podía cruzarse entre el público, una instalación aparecer detrás de una barra y un DJ veterano de la escena belga convivir con uno de los nombres internacionales más buscados del circuito. La palabra “magique” no era una simple decoración del logotipo: era el método con el que el festival intentaba diferenciarse.
Cirque Magique nació en Ledegem en 2015 con una declaración bastante clara contra la homogeneización de la electrónica de gran formato. Sus primeros textos promocionales hablaban abiertamente de volver al underground, evitar el EDM comercial y construir una experiencia donde música, sonido, iluminación, comida, bebida, decoración y sostenibilidad recibieran la misma atención. La primera edición reunió unas cuatro mil personas en medio de los campos. En vez de perseguir inmediatamente el tamaño de Tomorrowland, buscaba una escala donde la escenografía pudiera sentirse cercana y donde el público tuviera suficiente libertad para formar parte del ambiente. Los asistentes no eran observadores pasivos: se les invitaba a vestirse, exagerar, bailar, jugar con personajes y asumir durante el fin de semana una versión menos cotidiana de sí mismos.
La respuesta hizo crecer rápidamente el proyecto. En 2016, la venta de entradas llegó a detenerse el sábado al alcanzar unas 6,500 personas, más que duplicando el volumen del debut durante el conjunto del fin de semana. Para 2017, el festival funcionaba con cinco escenarios y un límite diario de unas seis mil personas. En 2018 esperaba alrededor de quince mil visitantes y, en 2019, la quinta edición terminó con unas catorce mil asistencias repartidas durante tres días. Ese crecimiento podría haber empujado a Cirque Magique hacia una producción genérica de gran festival, pero el equipo siguió insistiendo en elementos que reforzaban la sensación de pequeño universo propio: cine, yoga para los campistas, carrusel, artistas itinerantes, food trucks, tiendas y afterparties que prolongaban la experiencia después del cierre de los escenarios principales.
Musicalmente, la programación encontró un equilibrio entre actualidad, historia y cultura de club. Techno podía significar Dave Clarke, Luke Slater, Paco Osuna, Monika Kruse, Charlotte de Witte o Reinier Zonneveld; house podía pasar por Patrick Topping, Richy Ahmed, Marco Faraone o Nico Morano. Al mismo tiempo, figuras asociadas a distintas épocas de la electrónica belga —M.I.K.E. Push, Dr. Lektroluv, DJ Ghost, Olivier Pieters, Frank Biazzi o Zolex— permitían escuchar el pasado sin convertirlo en museo. En 2019, Boris Brejcha y Booka Shade coexistieron con estos nombres y con artistas locales menos conocidos. Cirque Magique tenía interés en el presente internacional, pero entendía que Bélgica posee una historia de clubs, rave y electrónica suficientemente rica como para no depender únicamente de DJs importados.
El camping ampliaba ese universo. Para quienes permanecían todo el fin de semana había duchas, bares, zonas de descanso y programación propia; las mañanas podían comenzar con yoga antes de que los beats volvieran a dominar. La convivencia reforzaba la escala humana que muchos asistentes comparaban favorablemente con festivales mucho mayores. No había que recorrer una ciudad gigantesca de escenarios para sentir que ocurrían cosas. En Ledegem, los diferentes espacios formaban un circuito compacto de carpas y mundos visuales. El público podía pasar de techno oscuro a house más cálido, detenerse frente a una performance y encontrarse horas después con las mismas personas. La repetición de caras producía algo difícil de fabricar en eventos masivos: la impresión de una comunidad temporal reconocible.
La pandemia rompió esa continuidad después de la quinta edición de 2019. En 2020 no hubo festival y, cuando el equipo empezó a reconstruirlo, decidió también abandonar Ledegem. En 2021 Cirque Magique se trasladó a Kasteel van Bossuit, en Avelgem. Las restricciones de la variante Delta obligaron a posponer la fecha prevista de julio hasta septiembre, pero finalmente la música volvió. El castillo cambió de manera importante la estética. En vez de crear todo desde cero sobre un campo, el festival tenía jardines, agua, árboles y una arquitectura histórica que podía iluminarse y convertirse en parte de la puesta en escena. Para 2022, unas cinco mil personas pasaron por tres días de festival y la organización amplió nuevamente los escenarios sin intentar regresar inmediatamente a las cifras de Ledegem.
La edición de 2023 mostró una versión más conectada con distintas comunidades de la electrónica belga. El fin de semana se articuló entre melodic sounds, techno, hard techno, house y clásicos, con escenarios vinculados a Cherry Moon, Age of Love, Hard Harder Hardst, Kozzmozz y Thé Dansant. Era casi una genealogía de distintas noches y generaciones de club alrededor de un castillo. El viernes podía mirar hacia los años formativos del clubbing belga; el sábado endurecer el pulso; el domingo inclinarse hacia sonidos más melódicos. Más que intentar construir una única estética musical, Cirque Magique permitía que cada jornada interpretara de manera distinta la idea de escapar de la realidad cotidiana.
Después de ese fin de semana llegó otra interrupción. La organización anunció que no habría edición en 2024 y explicó que necesitaba tiempo para rediseñar el concepto, prometiendo noticias sobre 2025. Ese regreso no se materializó públicamente y tampoco existe una edición verificada en 2026. Por ahora, la última imagen completa de Cirque Magique sigue siendo la del castillo de Bossuit rodeado de música electrónica durante agosto de 2023. No hay comunicado definitivo de cierre, pero tampoco calendario futuro. Esa incertidumbre encaja de manera extraña con un festival construido alrededor de la ilusión: el circo ha levantado las carpas sin decir formalmente que la función terminó. Queda por saber si volverá a montar su pequeño mundo en otro campo, otro castillo o una forma completamente nueva.
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