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1 ediciones para explorar · futuro, live y pasado
2016Desert Trip 2016
Números, sede y manías de la casa
A las seis y media de la tarde, cuando el sol empezaba a ceder sobre el valle de Coachella, Desert Trip comenzaba a explicar por qué no quería parecerse a ningún otro festival. No había que elegir entre escenarios, correr para evitar solapamientos ni estudiar una programación de cien nombres: frente al público había un único escenario gigantesco y, cada noche, solamente dos artistas con tiempo para ofrecer conciertos completos. El mismo Empire Polo Club que cada primavera se convierte en la ciudad efímera y frenética de Coachella adoptó en octubre de 2016 una lógica casi opuesta. Menos nombres, más tiempo, más espacio y una concentración extraordinaria de historia del rock.
La idea fue impulsada por Paul Tollett y Goldenvoice a partir de una pregunta que parecía sencilla y era logísticamente enorme: qué ocurriría si seis artistas capaces de encabezar por sí solos estadios y festivales compartieran un mismo fin de semana. Bob Dylan, The Rolling Stones, Neil Young, Paul McCartney, The Who y Roger Waters reunían décadas de música popular sin funcionar como un cartel nostálgico convencional. Todos seguían de gira, defendían repertorios vivos y conservaban maneras muy distintas de relacionarse con su pasado. El interés fue tan grande que el programa originalmente anunciado para el 7, 8 y 9 de octubre terminó repitiéndose exactamente una semana después, del 14 al 16.
Ese cartel reducido era la verdadera arquitectura de Desert Trip. Dylan y The Rolling Stones ocupaban el viernes; Neil Young con Promise of the Real y McCartney, el sábado; The Who y Waters, el domingo. No existían teloneros tradicionales: cada participante era tratado como cabeza de cartel. La ausencia de escenarios secundarios transformaba también la escucha. En vez de utilizar a una banda como puente hacia otra, el público recibía sets largos capaces de mostrar las diferencias entre seis formas de entender el rock. Dylan podía resultar deliberadamente áspero y poco complaciente; los Stones convertían su catálogo en espectáculo físico; Young dejaba espacio para la improvisación; McCartney construía una celebración colectiva; The Who atacaba las canciones con volumen y Waters convertía el recinto entero en parte de su producción.
El contexto hacía que esas diferencias resultaran todavía más visibles. The Rolling Stones tocaron “Come Together”, cruzando simbólicamente el repertorio de The Beatles frente a una audiencia que vería a McCartney la noche siguiente. Durante el segundo fin de semana, McCartney invitó a Neil Young y también a Rihanna, introduciendo en aquella reunión de veteranos una colaboración contemporánea que rompía momentáneamente la burbuja generacional. Dylan regresó al escenario el 14 de octubre apenas un día después de anunciarse su Premio Nobel de Literatura. Y Waters cerró ambas semanas con una producción de gran escala que utilizaba sonido, pantallas e imaginería política, dejando claro que aquella música no iba a limitarse a contemplar fotografías de su juventud.
La otra singularidad estaba fuera del escenario. Goldenvoice sabía que buena parte del público sería mayor que el habitual de Coachella y diseñó un macroevento con una relación distinta con la comodidad. Había amplias zonas de asientos reservados y gradas con respaldo, general admission en el césped, suites, camping para tiendas y vehículos recreativos, paquetes de hotel y una oferta gastronómica mucho más elaborada de lo normal. Incluso se instaló una exposición climatizada de fotografía de rock. El resultado podía sentirse más cercano a una enorme residencia de conciertos al aire libre que a la prueba de resistencia asociada a muchos festivales de tres días.
Eso no eliminaba al desierto de la ecuación. Las puertas abrían por la tarde y las temperaturas del primer fin de semana alcanzaron niveles muy altos antes de que comenzaran los conciertos. El polvo, las distancias del recinto y el tráfico de llegada seguían recordando que Indio no era un auditorio con aire acondicionado. Pero esperar hasta después del atardecer para iniciar la música modificaba radicalmente el ritmo. Se podía pasar buena parte del día comiendo, descansando o recorriendo el terreno y, al caer la luz detrás de las montañas y las palmeras, la atención terminaba inevitablemente en un solo punto. Con más de 150,000 asistentes entre los dos fines de semana, aquella simplicidad requería una infraestructura descomunal.
También había una contradicción económica difícil de separar de su identidad. Desert Trip reunía música nacida, en buena medida, dentro de movimientos juveniles y contraculturales, pero lo hacía mediante uno de los eventos de rock más caros y sofisticados construidos hasta entonces. El sobrenombre “Oldchella” resumía esa tensión con cierta crueldad: el público se inclinaba hacia generaciones mayores y con mayor poder adquisitivo, aunque las crónicas encontraron también padres, hijos y asistentes jóvenes llegados de distintos países. Lo interesante fue que la edad dejó de funcionar únicamente como chiste. Sobre el mismo escenario podían compararse seis respuestas distintas a una cuestión que rara vez estructura un festival entero: qué significa envejecer cuando las canciones continúan perteneciendo a varias generaciones.
Desert Trip no volvió. En 2017, Tollett descartó una segunda edición y defendió la posibilidad de mantener el encuentro como algo excepcional en vez de convertirlo automáticamente en una franquicia. Años después, Goldenvoice recuperaría parte de aquella lógica con Power Trip y Head Trip, pero como eventos distintos, con otras escenas musicales y otros nombres. Esa decisión ayuda a entender por qué la edición de 2016 conserva una forma tan cerrada: dos fines de semana, seis artistas, un escenario y nada más que añadir. Su legado no está en haber inaugurado otra cita anual, sino en demostrar que un festival gigantesco podía construirse reduciendo el cartel hasta que cada nombre dejara de competir por atención y empezara a dialogar con la historia que tenía al lado.
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