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METAL - ROCK
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12–19 OCT 2026
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3 ediciones para explorar · futuro, live y pasado
Números, sede y manías de la casa
En la costa sureste de Mallorca, donde el mar Balear baña calas protegidas y el paisaje alterna pinos con palmeras, Full Metal Holiday propone una lectura distinta de la isla: no el circuito de ocio masificado del Ballermann ni el turismo de sol y playa genérico, sino una semana de vacaciones todo incluido donde el metal y el rock ocupan el centro como si fueran el clima. El proyecto nació en 2018 como extensión del universo Wacken —la misma lógica que convirtió un pueblo del norte de Alemania en referencia mundial del heavy— y llegó al Iberostar Club Cala Barca, en la zona de Santanyí, con la ambición de mezclar resort, cartel internacional y convivencia sin barreras.
Thomas Jensen y Holger Hübner, vinculados a ICS Festival Service y al ecosistema Wacken, coorganizan un formato que no encaja en la casilla «festival de un fin de semana». Full Metal Holiday es paquete completo: vuelo, traslado, siete días de alojamiento y pensión en un complejo vacacional donde el escenario no es un prado temporal sino la arquitectura del hotel —piscinas, terrazas, salas interiores— adaptada a las normas acústicas de la zona. La primera edición, entre el 14 y el 21 de octubre de 2018, reunió a unas mil cuatrocientas personas y veintiocho bandas; la cifra habla de escala íntima comparada con los macroeventos continentales, pero amplia para un crucero o un retiro vacacional donde cada comensal comparte ascensor con un baterista.
La identidad musical se apoya en dos pilares claros: metal y rock en sentido amplio, desde el thrash y el power hasta el hard rock clásico y matices más modernos. El cartel inaugural ilustró esa amplitud sin convertirse en lista: Kreator y Dirkschneider representaron la herencia teutónica del festival; Doro, Burning Witches y Gloryhammer aportaron distintas facetas del metal europeo; Skindred y Life Of Agony abrieron ventanas hacia el cruce con otros pesos rítmicos; Bonfire, Crisix y otros nombres completaron un mapa pensado para quien quiere descubrir sin salir del resort. No se trata de curar una sola subescena, sino de ofrecer un viaje donde el concierto de la tarde y la cena comparten mesa.
La arquitectura escénica refleja el entorno mediterráneo. La Beach Stage y la Pool Stage reparten la programación diurna entre arena y agua, aprovechando la luz cálida y el público en bañador que otros festivales solo sueñan en aftermovies. A partir de las once de la noche, el sonido se traslada al interior: las normas de ruido del entorno obligan a respetar al vecino turístico, y esa limitación se convierte en parte del relato —metal bajo palmeras de día, salas cerradas de noche— en lugar de obstáculo. Jan Struve, implicado en la operativa de la edición inaugural, ayudó a traducir la logística germana al ritmo mallorquín.
Lo que más distingue Full Metal Holiday no es un headliner concreto sino la ausencia de barreras en el backstage. El proyecto promueve un ambiente de «viaje de fin de curso»: bandas y fans comparten bar, piscina y actividades paralelas sin el protocolo distante de los grandes estadios. Esa cercanía no es marketing vacío; responde a un modelo de vacaciones donde el artista también descansa en el mismo hotel y el público paga por una semana entera, no por una entrada de ocho horas. Quien viaja desde Alemania, Austria o el resto de Europa central encuentra en Mallorca un contraste deliberado con el clima gris del norte y con la solemnidad del Wacken Open Air.
Las actividades fuera del escenario completan la ficción vacacional. Metal yoga al amanecer, karaoke heavy, discoteca nocturna, tours en bicicleta con Mambo Kurt o el torneo de fútbol organizado con Crisix convierten el calendario en algo más que horarios de bandas. Son momentos donde el humor y la comunidad pesan tanto como el riff: el festival entiende que quien reserva siete días necesita ritmo de ocio, no solo cascadas de decibelios. Esa capa lúdica explica por qué el público repite el formato y por qué la prensa especializada lo describe como crucero terrestre sin barco.
El paquete comercial —vuelo, traslado, todo incluido— define la audiencia. No hay acampada en barro ni colas interminables para una ducha fría; hay habitación, buffet y piscina entre conciertos. Eso atrae a fanáticos que quieren intensidad musical sin renunciar al confort, y a parejas o grupos de amigos que combinan primer concierto con primer baño en el Mediterráneo. Full Metal Holiday compite menos con otros festivales de metal de fin de semana y más con productos turísticos que añaden música en vivo como valor añadido.
En el mapa europeo de eventos ligados a Wacken —desde el Full Metal Cruise hasta las ediciones del open air—, este proyecto ocupa el nicho del retiro isleño: palm trees en lugar de barro, octubre en lugar de julio, resort en lugar de pradera. Holger Hübner y Thomas Jensen tradujeron la maquinaria festivalera alemana a un idioma vacacional mediterráneo sin diluir la exigencia del cartel. Full Metal Holiday demuestra que el metal puede ser destino turístico alternativo en Mallorca, lejos del estereotipo del Ballermann, con siete días donde la distinción entre público, artista y turista se difumina a propósito bajo el sol balear.
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