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11 ediciones para explorar · futuro, live y pasado
2026Montreux Jazz Festival 2026
Números, sede y manías de la casa
Montreux Jazz Festival es uno de esos festivales que ya no se pueden describir solo por su cartel. Claro que importa quién toca, y vaya que importa: por sus escenarios han pasado leyendas que podrían llenar una enciclopedia. Pero Montreux es más que una lista de nombres famosos. Es una forma de escuchar. Una ciudad pequeña junto al lago que durante dos semanas se convierte en un punto de encuentro para músicos, melómanos, curiosos, turistas, coleccionistas de historias y artistas que saben que tocar ahí no es una fecha más dentro de una gira.
El festival nació en 1967 gracias a Claude Nobs, René Langel y Géo Voumard, con una primera edición de apenas tres días. Era jazz, sí, pero desde el principio tenía algo que lo diferenciaba: el cuidado por el sonido, la cercanía con los artistas y una hospitalidad que con el tiempo se volvió parte de la leyenda. Montreux nunca quiso ser solo una maquinaria de conciertos. Se volvió un lugar donde los músicos podían quedarse, conversar, improvisar, grabar, cruzarse con otros artistas y dejar algo que no necesariamente estaba planeado. Esa idea de encuentro es una de sus marcas más profundas.
Con los años, el jazz dejó de ser una frontera cerrada y se convirtió en punto de partida. Por Montreux pasaron Nina Simone, Miles Davis, Ella Fitzgerald, Aretha Franklin, Marvin Gaye, Prince, David Bowie, Leonard Cohen, Elton John, Stevie Wonder y muchos más. También entraron rock, soul, blues, funk, pop, hip-hop, electrónica, música latina, chanson, experimentación y sonidos globales. Esa apertura no borró la raíz jazzística; la amplió. Montreux entendió el jazz no solo como género, sino como actitud: libertad, riesgo, conversación, escucha, improvisación y respeto por el momento.
La ciudad es inseparable de la experiencia. Montreux está entre el Lago de Ginebra y los Alpes, cerca de los viñedos de Lavaux, con una escala que permite que el festival se sienta elegante sin volverse distante. No es un evento perdido en un campo ni una explosión urbana impersonal. Es caminar por los muelles, ver el agua, entrar a un concierto en el Auditorium Stravinski, moverte al Montreux Jazz Lab, encontrarte con música gratuita al aire libre, cenar tarde, escuchar algo inesperado y sentir que la ciudad entera está afinada para esos días. El paisaje no es postal de fondo; es parte del tempo.
La experiencia real de asistir puede ser muy distinta según el día. Una noche puede tener a Sting o Nick Cave en un recinto con acústica cuidada; otra puede cruzar R&B, jazz y soul con John Legend o The Roots; otra puede mirar hacia el pop contemporáneo con RAYE, Tyla o PinkPantheress; otra puede regresar al rock con Deep Purple, o al jazz de raíz con Charles Lloyd, Gregory Porter, Billy Cobham o Marcus Miller. Esa convivencia es justamente lo que hace especial a Montreux. No se siente como una mezcla hecha para agradar a todos, sino como una conversación larga entre generaciones musicales.
También hay una dimensión de memoria que pocos festivales tienen. Montreux ha grabado, preservado y convertido en archivo una parte enorme de su historia. Sus conciertos no desaparecen del todo cuando termina la noche; quedan como documentos, mitos, discos, videos, relatos, anécdotas. El incendio que inspiró “Smoke on the Water”, las apariciones de Miles Davis, las noches de Prince, la intensidad de Nina Simone, las jam sessions y los encuentros improbables forman parte de un patrimonio que sigue alimentando al festival actual.
Lo que diferencia al Montreux Jazz Festival es su combinación rara de prestigio y calidez. Puede ser sofisticado, caro en algunas salas y cargado de historia, pero no vive solo de la solemnidad. También hay escenarios gratuitos, paseos junto al lago, descubrimientos, noches abiertas y una sensación de cercanía que explica por qué tantos artistas lo recuerdan de manera especial. Montreux es un festival para escuchar con atención, pero también para dejarse llevar. Un lugar donde el pasado pesa, sí, pero no como museo: pesa como una invitación a que algo nuevo vuelva a suceder.
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