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2 ediciones para explorar · futuro, live y pasado
Números, sede y manías de la casa
Roskilde no empezó con una visión de grandeza. Empezó con dos estudiantes de preparatoria daneses, Mogens Sandfær y Jesper Switzer Møller, que habían oído hablar de Woodstock y querían hacer algo parecido en su país. El 28 y 29 de agosto de 1971, en la ciudad de Roskilde —unos 35 kilómetros al oeste de Copenhague—, organizaron el Sound Festival: dos días, un escenario, unos veinte grupos de folk, jazz, rock y pop, y entre diez y trece mil personas. Nadie sabía entonces que estaban fundando el festival de música más grande del norte de Europa.
Al año siguiente, los fundadores cedieron el control a una fundación sin fines de lucro. Esa decisión, tomada casi al inicio, definió todo lo que vendría después. Roskilde no pertenece a ningún promotor ni a ninguna empresa. Las ganancias del festival se donan íntegramente a causas humanitarias y culturales, con especial énfasis en infancia y juventud en todo el mundo. Eso no es un detalle de relaciones públicas. Es la razón por la que el festival funciona como funciona: con alrededor de treinta mil voluntarios por edición, personas que trabajan durante la semana a cambio de acceso, y que construyen algo que difícilmente puede llamarse solo un festival.
Porque Roskilde es, antes que nada, una ciudad temporal. Cuando el sitio al sur de Roskilde se llena, llega a ser el cuarto núcleo de población de Dinamarca. Hay supermercados, estaciones de reciclaje, suministro propio de agua, una estación de tren propia desde 1995. Y en el centro de todo eso, la música: más de ciento setenta conciertos en ocho días, distribuidos en múltiples escenarios y géneros que van desde el rock más duro hasta la música del mundo, el hip-hop, la electrónica y el jazz.
El símbolo visible del festival es el Orange Stage, el escenario principal. La estructura fue adquirida de segunda mano en 1978 —había sido usada por los Rolling Stones en su gira europea— y desde entonces se ha convertido en uno de los lugares más icónicos de la música en vivo del continente. Bob Marley tocó ahí en 1978. Nirvana en 1992. Radiohead, David Bowie, Metallica, Beyoncé. La lista es la historia misma de la música popular de las últimas décadas, leída en orden de aparición sobre la misma estructura naranja.
Pero la historia de Roskilde no puede contarse honestamente sin mencionar el 30 de junio de 2000. Esa noche, durante el concierto de Pearl Jam en el Orange Stage, nueve jóvenes murieron aplastados en el mosh pit. Vinieron de Dinamarca, Alemania, Suecia, Países Bajos y Australia. Tenían entre 17 y 26 años. El festival continuó al día siguiente —la vida es más fuerte que la muerte, dijo la organización—, pero nada volvió a ser igual. Se rediseñaron los protocolos de seguridad, se amplió el espacio frente al escenario, se instalaron sistemas de sonido que evitaran que el público de la parte trasera empujara hacia adelante. En el sitio del festival hay hoy un monumento: nueve árboles y una piedra con la inscripción "How fragile we are". No está escondido. Está ahí, como parte de lo que el festival es.
Lo que hace singular a Roskilde, más allá de su tamaño y su historia, es el espíritu que lo sostiene. El campamento tiene vida propia: campos temáticos construidos por los propios asistentes, fiestas que duran hasta el amanecer, una carrera anual de desnudos que lleva décadas siendo tradición. La gente no solo va a ver conciertos. Va a vivir una semana diferente. Y cuando el festival termina y los treinta mil voluntarios recogen el último vaso y desmontan el último escenario, lo que queda es el dinero que irá a financiar proyectos en algún lugar del mundo que el público nunca conocerá. Esa es la parte invisible del festival. Quizás la más importante.
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