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1 ediciones para explorar · futuro, live y pasado
2023Cumbre Tajín 2023
Números, sede y manías de la casa
En Cumbre Tajín, la música de la noche empieza mucho antes de que alguien suba al escenario. Empieza por la mañana, cuando el humo de una cocina tradicional se mezcla con el olor de las plantas medicinales, alguien aprende unas palabras en totonaco, una bordadora explica un diseño que no nació para decorar una tienda de souvenirs y los Voladores se preparan para una ceremonia que existe desde mucho antes que cualquier festival. A pocos kilómetros están las pirámides de El Tajín, pero el corazón contemporáneo del encuentro está en Parque Takilhsukut, un espacio construido para que la cultura totonaca no tenga que presentarse como una reliquia arqueológica. Aquí importa precisamente lo contrario: demostrar que sigue viva, que cambia, enseña, cocina, baila, habla, crea y encuentra maneras nuevas de transmitirse.
Cumbre Tajín comenzó en la primavera de 2000, alrededor del equinoccio, cuando Veracruz buscaba abrir el Totonacapan al mundo mediante un encuentro capaz de combinar patrimonio, desarrollo regional y una programación cultural de gran escala. La idea fue creciendo con una velocidad difícil de imaginar desde aquella primera edición. El festival podía presentar rituales, artesanía, sanación, danza y conocimientos comunitarios durante el día y, unas horas después, recibir a artistas nacionales e internacionales ante decenas de miles de personas. Ese contraste terminó siendo una de sus imágenes más conocidas. Sin embargo, reducir Cumbre Tajín a “el festival donde tocaron grandes bandas junto a las pirámides” simplifica demasiado su historia. Los conciertos fueron una puerta de entrada poderosa, pero nunca la totalidad del proyecto.
Una de sus decisiones más importantes fue desarrollar espacios permanentes de transmisión cultural. El Centro de las Artes Indígenas convirtió Takilhsukut en algo que continúa trabajando cuando las luces del festival se apagan. Allí las llamadas casas-escuela transmiten conocimientos desde una lógica totonaca: alfarería, textiles, medicina tradicional, danza, música, palabra, cocina, arte y relación espiritual con el territorio. En 2012, UNESCO reconoció este modelo dentro de su Registro de Buenas Prácticas de Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial. Esa distinción ayuda a entender por qué Cumbre Tajín es difícil de comparar con un festival musical convencional. Parte de su infraestructura más valiosa no se desmonta después de marzo; permanece enseñando durante el resto del año.
La ceremonia también conserva un papel que no funciona como simple espectáculo de apertura. Antes de comenzar, las autoridades tradicionales solicitan permiso en el Kantiyán, la Casa Grande de la Sabiduría Totonaca. Abuelas y abuelos conducen prácticas asociadas con memoria, espiritualidad, comunidad y renovación. El equinoccio de primavera no está colocado solamente como una fecha atractiva del calendario turístico: coincide con ciclos que tienen significado para el territorio y sus habitantes. El visitante puede llegar atraído por un concierto nocturno y descubrir durante el día un festival que pide otro tipo de atención. Hay que escuchar a una cocinera, entrar a una casa-escuela, mirar cómo se trabaja una fibra vegetal o entender por qué una danza pertenece a una responsabilidad comunitaria además de a una tradición estética.
Durante sus años de mayor proyección musical, el Nicho de la Música convirtió Papantla en una parada extraordinaria del calendario internacional. Björk pasó por Cumbre Tajín; también Tool, Pet Shop Boys, The Smashing Pumpkins, Calvin Harris, Fatboy Slim, Santana, Incubus, The Flaming Lips, Empire of the Sun, Juanes y Ziggy Marley. En un mismo año podían coexistir rock alternativo, electrónica, reggae, música regional mexicana, pop latino y son tradicional. El cartel de 2013 fue especialmente representativo: Juanes y Ziggy Marley un día, Pet Shop Boys y Regina Spektor al siguiente, The Smashing Pumpkins después, Calvin Harris y Fatboy Slim en otra jornada y Los Tigres del Norte cerrando el ciclo. Pocos festivales podían moverse entre esos mundos sin sentir que necesitaban escoger una identidad musical única.
Pero el espectáculo internacional también produjo discusiones inevitables sobre el equilibrio entre turismo, entretenimiento y cultura indígena. Con el tiempo, la organización fue desplazando nuevamente el centro narrativo hacia las comunidades totonacas. Las ediciones recientes hablan con más fuerza de turismo comunitario, transmisión de saberes, patrimonio biocultural, lengua, agricultura y participación de portadores de cultura. En 2023 se organizaron más de mil actividades y la asistencia oficial superó las 713 mil personas. En 2024, con seis días de programación, el gobierno reportó cerca de 988 mil visitas. Son cifras enormes y deben leerse como flujo acumulado por distintos espacios, no como una multitud simultánea, pero muestran que la Cumbre mantiene una capacidad excepcional para movilizar a toda la región.
La pandemia había demostrado antes lo vulnerable que puede ser incluso una tradición tan estable. Cumbre Tajín 2020 llegó a comenzar, pero su última jornada fue suspendida cuando la amenaza de COVID-19 empezó a alterar México. En 2021 la edición se trasladó principalmente al formato virtual, utilizando transmisiones desde Takilhsukut para mantener conversaciones, ceremonias y contenidos culturales. En 2022 volvió el público. Lo interesante es que la interrupción no obligó al festival a reconstruir completamente su sentido: la comunidad, el Centro de las Artes Indígenas y el territorio habían seguido existiendo mientras los conciertos estaban ausentes.
En marzo de 2026, Cumbre Tajín regresó durante tres días bajo el lema “Tapaxawan: alegría que une culturas”. Más de 2,800 portadores de cultura ocuparon 39 espacios y la programación reunió talleres, gastronomía, medicina tradicional, danza, música, artesanía y encuentros comunitarios. Por la noche llegaron La Original Banda El Limón, Yuridia, Lila Downs y Grupo Cañaveral. El balance oficial habló de 199,088 asistentes, una escala menor que las gigantescas cifras de 2023 y 2024, pero concentrada en solo tres días. No existe todavía una edición 2027 oficialmente anunciada. Cuando llegue, probablemente volverá a ocurrir lo que define mejor a Cumbre Tajín: algunas personas irán por un cantante y terminarán recordando otra cosa —una palabra en totonaco, una ceremonia, una cocinera, un Volador o la sensación de que a pocos kilómetros de una ciudad prehispánica sigue existiendo una cultura que no necesita ser rescatada del pasado porque nunca dejó de estar presente.
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