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2019
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Lineup en camino — lo publicamos en cuanto se confirme.
10 ediciones para explorar · futuro, live y pasado
Números, sede y manías de la casa
Canadian Music Week se entendía mejor después de las seis de la tarde, cuando la industria musical dejaba parcialmente los salones de hotel y comenzaba a dispersarse por Toronto. Un ejecutivo que durante la mañana había discutido streaming o derechos podía terminar en un club con capacidad para unas pocas centenas de personas viendo a una banda sin contrato; un artista podía tocar ante público, agentes, periodistas y otros músicos sin saber exactamente quién estaba escuchando. Esa mezcla convirtió CMW en algo distinto de un festival convencional. No existía una gran pradera que reuniera a todos ni una mainstage capaz de resumir la experiencia. La ciudad era el recinto y la posibilidad de descubrir algo antes que los demás era parte fundamental del atractivo.
Su origen, en realidad, no fue un festival. A comienzos de los años ochenta, David Farrell y Patricia Dunn-Farrell utilizaban su publicación profesional The Record para conectar una industria canadiense todavía muy dependiente de radio, sellos, distribución y relaciones personales. De ese entorno surgió The Record Music Industry Conference. Neill Dixon entró temprano en la organización, primero trabajando speakers y panels y después como socio. Durante años el encuentro estuvo ligado al calendario de los Juno Awards y funcionó principalmente como espacio profesional. Lo que acabaría definiendo a Canadian Music Week empezó a tomar forma en 1991, cuando se añadió un festival público de showcases. De pronto, la conversación sobre nuevos artistas podía continuar por la noche viéndolos tocar.
La transición no fue sencilla. Aquella edición de 1991 acompañó a los Junos hasta Vancouver y sufrió pérdidas importantes, una experiencia que convenció al equipo de que el centro natural de su negocio seguía siendo Toronto. Durante los primeros años de la década, Dixon terminó asumiendo el control y Canadian Music Week se consolidó como nombre y concepto propios. Separarse de los Junos permitió escoger fechas por razones estratégicas y convertir a Toronto en destino, no simplemente en ciudad anfitriona circunstancial. La conferencia continuó siendo esencial, pero el festival creció a su alrededor hasta ocupar clubs, theatres y salas que podían ir desde espacios diminutos hasta venues capaces de recibir headliners nacionales e internacionales.
La verdadera geografía de CMW se construía caminando. Horseshoe Tavern, Lee’s Palace, El Mocambo, Rivoli, The Opera House, Phoenix Concert Theatre y muchas otras salas participaron en distintas etapas. No se trataba de instalar escenarios temporales para imitar una ciudad: ya existía una red de venues con historias y públicos propios, y CMW la utilizaba como infraestructura. El desafío era elegir. Decenas de conciertos podían ocurrir simultáneamente y una noche terminaba convirtiéndose en una ruta improvisada entre barrios y salas. Perderse algo era inevitable. También lo era acabar viendo un artista que no estaba en el plan porque alguien lo recomendó en un panel, en un bar o en la fila del concierto anterior.
Esa lógica favorecía especialmente a los emergentes. CMW llegó a presentar cientos y, en algunos años, cerca de mil performers. La cantidad podía ser abrumadora, pero el contexto era diferente al de enviar música a una bandeja de entrada. Durante unos días, managers, A&R, agentes, promoters, radio, medios y compradores de festivales se encontraban físicamente en la misma ciudad. Un showcase no garantizaba nada, pero podía condensar oportunidades que normalmente estarían separadas por meses de correos y viajes. Artistas que después ocuparían escenarios mucho mayores compartieron esa lógica de descubrimiento con miles de proyectos que nunca llegaron al mainstream. Esa incertidumbre —la posibilidad de estar viendo una futura estrella o simplemente una excelente banda desconocida— era parte de la energía.
CMW también creció hacia dentro de la industria. Panels sobre radio, touring, publishing, sync, management, tecnología y derechos convivían con premios, entrevistas y networking. The Indies, Live Music Industry Awards, Canadian Sync Awards, Radiodays North America y otros programas hicieron que la semana tuviera varias capas superpuestas. Para el público podía ser una sucesión de conciertos; para un artista, una feria profesional; para un ejecutivo, una conferencia; para Toronto, una ocupación temporal de buena parte de su circuito musical. En su época de mayor escala llegó a declarar más de mil performers en más de sesenta venues y decenas de miles de asistentes repartidos por la ciudad, una dimensión difícil de percibir desde cualquier escenario individual.
La última edición bajo el nombre Canadian Music Week ocurrió del 1 al 8 de junio de 2024. Más de 250 artistas actuaron en más de veinticinco venues. Walk Off The Earth, Charlotte Day Wilson, TESTPILOT, Jauz, Dallas Smith, KILLY, Tekno, Allie X y Christone “Kingfish” Ingram mostraban una vez más la amplitud de un cartel que podía cruzar pop, rock, electrónica, country, R&B y música emergente sin necesidad de resolver esas diferencias. Mientras tanto, la conferencia operaba desde The Westin Harbour Castle. Fue también una despedida que todavía no parecía completamente una despedida: durante aquella misma semana Neill Dixon anunció su retiro y la venta del evento a Loft Entertainment y Oak View Group.
Meses después quedó claro que el cambio sería más profundo que una nueva propiedad. Canadian Music Week desapareció como nombre principal y en 2025 nació Departure Festival + Conference, presentado explícitamente como su reimaginación. La música siguió en el centro, pero comedy, technology, food y otras disciplinas ampliaron la conversación. Departure regresó en 2026, confirmando que no se trataba de un paréntesis sino de la siguiente etapa. Por eso Canadian Music Week no termina como un festival simplemente cancelado. Su historia desemboca en otra marca. Durante décadas enseñó a una industria a reunirse de día y salir a buscar canciones por Toronto de noche; lo que desapareció en 2024 fue el nombre bajo el cual había aprendido a hacerlo.
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