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2 ediciones para explorar · futuro, live y pasado
Números, sede y manías de la casa
En Québec hay once noches de julio en las que ir a un concierto no significa necesariamente abandonar la ciudad para entrar en un festival: significa que la ciudad entera empieza a comportarse como uno. La Grande Allée se llena de pulseras, Place George-V cambia de público cada pocas horas, Place D’Youville mantiene música gratuita entre edificios históricos y, sobre las Plaines d’Abraham, una explanada asociada a la memoria política y militar de Canadá se transforma en un recinto capaz de recibir cerca de noventa mil personas frente a una sola escena. Esa ocupación urbana es la forma contemporánea del Festival d’été de Québec, pero su origen en 1968 fue bastante diferente. Siete artistas —Diane Lavoie, Constance Paré, Bernard Pelchat, Louis Ricard, Hélène Savoie, Hélène Trépanier y Michel Viel— imaginaron una celebración que animara los espacios públicos y diera visibilidad a las artes populares. La primera edición mezcló clásica, jazz, ópera, poesía, chanson y teatro. No existía aún la idea de un macrofestival internacional; existía la voluntad de convertir el verano de la capital provincial en una experiencia cultural compartida.
Durante la década siguiente, el FEQ se convirtió sobre todo en escaparate de Québec. Félix Leclerc, Gilles Vigneault, Pauline Julien, Ginette Reno y Oscar Peterson convivieron con grupos jóvenes como Harmonium y Beau Dommage, que terminarían siendo fundamentales para la cultura musical francófona canadiense. Aquella etapa ayuda a explicar por qué, incluso después de atraer a algunas de las estrellas más grandes del planeta, el festival nunca redujo a los artistas quebequenses a una presencia simbólica. En los años ochenta llegó el gran cambio internacional. Place D’Youville se incorporó al circuito, el macaron pasó a ser necesario para acceder a los grandes espectáculos y estilos como rap y electrónica comenzaron a ocupar un espacio permanente. El festival se abrió hacia artistas de otras regiones de Canadá, Estados Unidos y Europa sin abandonar canción francófona, jazz y producción local. A partir de 2008, coincidiendo con las celebraciones del 400.º aniversario de Québec, el crecimiento alcanzó otra escala y las Plaines d’Abraham terminaron convirtiéndose en una de las escenas outdoor más impresionantes de Norteamérica.
La Scène Bell define la imagen monumental, pero FEQ sería mucho menos interesante si todo ocurriera allí. Place George-V funciona con dos escenarios colocados lado a lado —Loto-Québec y SiriusXM— para mantener música casi continua; Place de l’Assemblée-Nationale y Place D’Youville ofrecen programación gratuita; el Manège militaire amplía algunas noches hacia formatos interiores y de madrugada. Esa distribución permite que la experiencia cambie radicalmente según el itinerario. Una persona puede pasar once días siguiendo rock, metal y grandes producciones sobre las Plaines; otra construir un FEQ alrededor de chanson, jazz, electrónica o músicos emergentes sin permanecer siempre en el escenario principal. La passe que da acceso al conjunto de la temporada refuerza esa curiosidad: el público no compra únicamente un nombre, sino la posibilidad de entrar y salir durante once días. En una época donde una sola entrada de estadio puede costar tanto como una passe completa de festival, esa política ha sido parte importante de la relación del FEQ con su público.
La lista histórica parece casi exagerada porque el formato permite cambiar de universo cada noche. The Rolling Stones, David Bowie, Paul McCartney, Metallica, Rammstein, Rush, Lady Gaga, Elton John, Stevie Wonder, Foo Fighters, P!nk, The Weeknd, Kendrick Lamar y Muse han ocupado distintos capítulos sin necesidad de fingir que pertenecen a una sola escena. En las Plaines, esa diversidad produce transformaciones casi teatrales: una noche puede estar llena de camisetas negras y guitarras pesadas; la siguiente, de pop masivo, country o electrónica. Al mismo tiempo, escenarios menores conservan funciones diferentes, desde descubrir nuevas voces francófonas hasta mantener una tradición de músicas del mundo. El FEQ creó incluso premios para reconocer artistas emergentes y figuras históricas de la chanson, reforzando una idea que viene desde 1968: los nombres internacionales atraen titulares, pero la cultura local no debe desaparecer detrás de ellos.
La 58.ª edición, del 9 al 19 de julio de 2026, mostró esa amplitud con particular claridad. Limp Bizkit abrió las Plaines acompañado por Cypress Hill; The Lumineers ocuparon la noche siguiente; Luis Fonsi convirtió el sábado en una gran celebración latina; Michael Bublé llegó con Melody Gardot y The Brooks; Souldia recibió una carte blanche dedicada al rap quebequense; Patrick Watson hizo lo mismo desde un lenguaje mucho más íntimo; Kesha compartió jornada con Shaggy y The All-American Rejects; Gwen Stefani llegó después de Jessie Reyez; Muse regresó al festival; Martin Garrix transformó la penúltima noche en ElectroFEQ y Jelly Roll cerró con country contemporáneo. El próximo FEQ ya está fechado del 8 al 18 de julio de 2027. A casi sesenta años del nacimiento, su logro más particular no es únicamente haber sobrevivido. Es haber crecido hasta escala de megaevento sin abandonar la intuición original de sus siete fundadores: que durante unos días el arte puede salir de sus recintos habituales y hacer que las plazas, avenidas y parques de Québec funcionen como espacios comunes.
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