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1 ediciones para explorar · futuro, live y pasado
2023Itadaki 2023
Números, sede y manías de la casa
En la cima de Nihondaira, sobre Shizuoka, el primer Itadaki (頂) no se parecía a un recinto de productora tokiota. Había jardines, velas y una vista nocturna que convertía el escenario en terraza sobre la bahía. El público llegaba con aceite de cocina usado porque el evento pedía biodiésel casero: DIY en sentido literal, no como estética de camiseta. «Mejor música en la mejor situación» —最高の音楽と最高のシチュエーション— no era eslogan de agencia; era la razón por la que un live house cerrado se mudó al aire libre. Quien subía la colina entendía que el festival era una respuesta a un vacío, no una franquicia importada.
BOOM BOOM-BASH era ese local. Cuando cerró, el representante —el «boss» del espacio— y Kayo Ono (小野佳代) impulsaron un outdoor que conservara el criterio de sala pequeña en un paisaje grande. Nació en 2008 en esa cumbre. Rock, indie y jazz cabían porque la programación no buscaba un género único: buscaba la situación. Una orquesta puede sonar distinta con velas y viento que en un sótano; un cantautor, también. El nombre 頂 —cima, cumbre— describe el lugar y la pretensión: no el volumen de taquilla, sino la altura desde la que se escucha.
Al año siguiente la radio K-MIX estrenó el programa Positive Tuning 頂 y empezaron las pre-parties. El festival dejó de ser solo una fecha en la montaña para convertirse en una conversación local que duraba semanas. Esa capa radiofónica importa: Itadaki no se anunciaba como producto nacional que aterriza en provincia; se tejía con ondas de Shizuoka y con gente que ya conocía el live house. El público, desde entonces, ha sido más o menos mitad local. No es un dato de marketing. Es la diferencia entre un parque lleno de vecinos y un recinto lleno de turistas de fin de semana.
Tras el terremoto de 2011 el evento se mudó a un escenario especial en Yoshida Park (吉田公園), en Yoshida-cho, en el centro de la prefectura. El cambio no fue cosmética. Dejar la cima de Nihondaira por un parque municipal significó otra relación con el suelo: menos terraza de postal, más plaza de pueblo. El staff y los puestos los sostienen vecinos. Comer allí es comer lo que la comunidad pone; circular es cruzar familias que no vinieron de Tokio en shinkansen. El handmade se nota en la escala y en quién cobra la entrada.
Durante la pandemia surgió el crowdfunding «ONE MORE 頂»: un intento de sostener el proyecto cuando las reuniones al aire libre se volvieron inciertas. En 2022 se celebró con mascarillas. En 2023 la fecha se canceló por tifón. Esos dos hechos dibujan un festival expuesto al clima del Pacífico y a las reglas sanitarias, no a la maquinaria de una mega-promotora que puede moverse de recinto en recinto. Yoshida Park no se pliega; el tifón manda. Quien programa en Shizuoka aprende a convivir con esa autoridad.
En 2024 se anunció ITADAKI THE FINAL y se cerró un arco de diecisiete años. El cierre es un hecho, no un gancho de temporada. Fishmans, PUFFY, EGO-WRAPPIN', Petrolz, Ichiko Aoba y Shibusashirazu Orchestra figuran entre los nombres programados en esa etapa final —la de 2023 no se celebró por el tifón, y conviene no dar por tocado lo que el clima anuló—. Esos artistas explican el criterio: pop-rock japonés con historia, jazz y experimentación, voces íntimas, orquesta que desborda el formato de festival-producto. No son fichajes de cartel global; son una escena que cabe en un parque.
Los lemas MUSIC IS THE ANSWER y 「静岡に頂アリ」 —en Shizuoka hay una cima— resumen la geografía emocional. Itadaki no pretendía competir con los grandes outdoor de Kanto. Pretendía que Shizuoka tuviera su propia altura. El rock y el indie dialogaban con el jazz no para parecer eclécticos, sino porque el live house original ya mezclaba esas escuchas. Quien iba en familia, quien trabajaba en un puesto, quien subía con aceite usado en 2008: todos cabían en la misma idea de situación.
La experiencia es la de un parque municipal, no la de un recinto vallado de corporación. Se camina poco, se reconoce a vecinos, se oye un escenario especial plantado sobre césped público. No hay camping de ciudad improvisada ni afterhours de industria. Hay tarde, hay niños, hay músicos que no necesitan un muro de pantallas. Esa modestia es el carácter. BOOM BOOM-BASH cerró una sala y abrió un outdoor; diecisiete años después, el outdoor también se cerró. Lo que queda es la demostración de que un festival puede nacer de un local de barrio y morir sin diluirse en Tokio.
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