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4 ediciones para explorar · futuro, live y pasado
Números, sede y manías de la casa
Pocas historias de festivales comienzan de forma tan literal junto a la memoria de un músico. Django Reinhardt no es aquí un nombre elegido décadas después para bautizar una programación de jazz: vivió sus últimos años en Samois-sur-Seine, pescó junto al río, jugó al billar, recibió amigos músicos y quedó enterrado en el pequeño pueblo después de su muerte en 1953. Cuando en mayo de 1968 Samois organizó un homenaje por el decimoquinto aniversario de su desaparición, el paisaje formaba parte de la historia. Stéphane Grappelli y Babik Reinhardt estuvieron entre quienes tocaron. Aquella reunión no se convirtió inmediatamente en un festival anual, pero dejó sembrada una tradición que volvió en 1973 y 1978 y que, desde 1983, adquirió la continuidad que hoy conocemos como Festival Django Reinhardt.
Durante décadas, el corazón físico del encuentro fue la Île du Berceau, una pequeña isla verde junto al Sena. Allí se consolidó una reputación que superó ampliamente la escala del lugar. El festival podía sentirse casi como una reunión familiar magnificada: guitarristas profesionales, aficionados, constructores de instrumentos y visitantes internacionales acababan compartiendo los mismos caminos, terrazas y sesiones improvisadas. La historia oficial recuerda años en los que la lluvia amenazaba escenarios y equipos, los horarios eran más flexibles y las jams surgían con la espontaneidad de músicos felices de reencontrarse. Con el tiempo llegaron contratos, mayores exigencias técnicas y una organización profesional, pero sobrevivió una parte de aquel desorden fértil que hizo que Samois fuera conocido como peregrinación para quienes hablan el lenguaje de la guitarra manouche.
El cartel nunca se limitó, sin embargo, a reproducir la música de Django como si se tratara de una pieza de museo. Biréli Lagrène, Stochelo Rosenberg, Boulou y Elios Ferré, Didier Lockwood y numerosas generaciones de guitarristas mantuvieron vivo el swing de cuerdas, pero por las mismas programaciones pasaron Art Blakey, Chet Baker, Barney Kessel, Paco de Lucía, John McLaughlin, Chucho Valdés, Tigran Hamasyan, Marcus Miller y Fred Wesley. Esa apertura ha sido fundamental. El homenaje más convincente a un músico que transformó el jazz europeo no podía consistir en congelar su estilo. El festival terminó utilizando su herencia como punto de partida para acercarse al bebop, jazz moderno, funk, soul, músicas balcánicas, flamenco, jazz cubano y otras tradiciones que comparten improvisación y curiosidad.
El cambio más dramático llegó en 2016. Una crecida histórica del Sena inundó la Île du Berceau apenas unas semanas antes de la edición y obligó a trasladar de urgencia el festival al Parc du Château de Fontainebleau. Lo que parecía una solución extraordinaria terminó abriendo una segunda vida. Desde 2017, la Prairie du Bois d’Hyver, rodeada por árboles centenarios dentro del parque del château, es la sede permanente. Se perdió la intimidad insular de Samois, pero se ganó un espacio capaz de recibir un público mayor y una producción más robusta. El vínculo con el pueblo no desapareció: Samois conserva la apertura gratuita y continúa siendo el lugar sentimental desde el que comienza cada edición.
El formato actual reparte esa identidad entre varias escalas. La Scène Django recibe los conciertos principales y permite que el jazz dialogue con artistas procedentes del soul, funk o músicas contemporáneas. La Scène des Luthiers es mucho más íntima y está rodeada por un Village des Luthiers donde fabricantes europeos muestran guitarras, violines, accesorios y técnicas artesanales. Allí también funciona un tremplin que da visibilidad a nuevas formaciones de jazz manouche y concede al ganador la posibilidad de presentarse al año siguiente en la gran escena. No es un añadido decorativo: la fabricación del instrumento, el aprendizaje y la búsqueda de una nueva generación forman parte de la misma conversación sobre cómo una tradición puede seguir moviéndose.
Fuera del recinto principal, Fontainebleau ofrece conciertos gratuitos mediante Off Django, mientras el camping de Samoreau ha desarrollado una vida paralela de jams y encuentros. Para muchos seguidores especializados, esas sesiones informales son tan importantes como determinadas actuaciones oficiales. Es perfectamente posible escuchar durante el día a algunos de los mejores guitarristas del mundo y encontrarse después con músicos tocando por placer en el camping. Esa permeabilidad mantiene algo de la antigua Samois incluso después del traslado. El festival puede reunir alrededor de veinte mil personas y movilizar unos 250 voluntarios, pero sigue existiendo una dimensión en la que dos guitarras, una contrabajo y una canción compartida son suficientes para reconstruir toda su lógica.
La 46.ª edición, del 25 al 28 de junio de 2026, volvió a demostrar la amplitud contemporánea de esa fórmula. Youn Sun Nah y José James representaban distintas maneras de trabajar la voz dentro del jazz; Thee Sacred Souls llevaba soul californiano; Asaf Avidan expandía la frontera hacia folk y rock; Olli Soikkeli reunió a Stochelo Rosenberg y Paulus Schäfer alrededor de una línea manouche de altísimo nivel. Las Migas llevaban flamenco, Thibault Cauvin la guitarra clásica y MEUTE convertía metales y percusión en una improbable fanfarria techno. Cory Wong debía aportar su virtuosismo funk el sábado, junto a Roberto Fonseca, Vincent Segal y varios guitarristas manouche, pero toda esa jornada fue cancelada por orden prefectural ante el riesgo de fuertes tormentas.
Esa cancelación meteorológica tuvo algo involuntariamente coherente con una historia que siempre ha dependido del exterior, del río y del clima. El festival ya había sobrevivido a una inundación suficientemente grave para obligarlo a abandonar su hogar original; una década después, volvió a recordar que un parque y un escenario abierto nunca están completamente bajo control. El domingo se reanudó la música y la edición pudo cerrar. Todavía no existen fechas oficiales para 2027, pero el Festival Django Reinhardt permanece activo durante el año mediante otras iniciativas y conserva una estructura que lleva décadas renovándose. Samois sigue siendo la memoria; Fontainebleau, el gran escenario; y entre ambos continúa circulando una música que nunca necesitó elegir entre tradición y movimiento.
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