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1 ediciones para explorar · futuro, live y pasado
2023Esperanzah Belgica 2023
Números, sede y manías de la casa
Esperanzah! nació en 2002 con una idea que iba mucho más allá de organizar conciertos dentro de una abadía. Jean-Yves Laffineur venía del trabajo social, de la educación permanente y de proyectos vinculados con la inserción socioprofesional, y veía la cultura como una herramienta de transformación colectiva. Al imaginar un festival propio, buscó unir dos cosas que rara vez encontraba juntas: apertura hacia músicas procedentes de otros lugares del mundo y una ética explícita de justicia social. La Abbaye de Floreffe no fue elegida únicamente por belleza. Laffineur recordaba el espíritu de Le Temps des Cerises, festival celebrado allí décadas antes, y consideraba que ese lugar tenía una memoria cultural capaz de sostener otro proyecto. Los días 3 y 4 de agosto de 2002, Tryo, Bonga, Lo’Jo, Gangbé Brass Band, Habib Koité & Bamada, Los de Abajo y otros artistas dieron forma a la primera edición. Desde entonces, Floreffe se convirtió en una de las relaciones más longevas entre un festival belga y su recinto.
Durante sus primeros años, Esperanzah! creció alrededor de lo que entonces se llamaba habitualmente “músicas del mundo”, aunque el propio proyecto siempre intentó evitar convertir esa expresión en una categoría folclórica rígida. África occidental, América Latina, Balcanes, reggae, chanson, folk, hip hop, dub y tradiciones urbanas aparecían dentro del mismo programa. En 2003, Amparanoia, Che Sudaka, Eliades Ochoa, Omar Sosa, La Rue Ketanou y Mahala Raï Banda ya demostraban que el festival quería funcionar como cruce de rutas culturales. Con el tiempo llegaron artistas tan diferentes como Manu Chao, Patti Smith, Dub Inc, Fatoumata Diawara, Chinese Man, Rodrigo y Gabriela, Gaël Faye, Amadou & Mariam o Bomba Estéreo. Para 2022 habían pasado por Floreffe más de quinientos artistas procedentes de setenta y tres países. La diversidad no era únicamente estética: descubrir proyectos poco conocidos seguía siendo una parte declarada de la curaduría, incluso cuando el festival ya tenía capacidad para contratar nombres internacionales importantes.
La experiencia también se expandió más allá de las escenas musicales. Esperanzah! incorporó cine, documentales, artes plásticas, compañías de calle, debates, talleres, comedia, espacios infantiles, gastronomía, asociaciones y campañas sociales. El Village des Possibles convirtió parte del recinto en un punto de encuentro para colectivos y organizaciones que trabajan sobre temas políticos, ecológicos y sociales. La música podía convivir con un debate sobre colonialismo, una performance callejera o un taller, y esa convivencia terminó siendo uno de los rasgos más difíciles de separar de la identidad del festival. Esperanzah! nunca quiso ser neutral. Sus campañas de educación permanente han abordado racismo, migración, justicia social, colonialismo, desigualdad y, más recientemente, movilización colectiva frente a la extrema derecha. Para parte del público, esa postura es tan importante como el cartel; para otros, es precisamente el elemento que distingue a Floreffe de un festival diseñado únicamente como consumo musical.
La relación con la abadía añadió una dimensión visual única. Los edificios históricos, muros, patios, jardines y desniveles de Floreffe permitieron durante años construir una pequeña geografía de escenas dentro de un entorno que jamás parece un showground convencional. En la etapa más reciente aparecieron espacios como Jardin, Nova, La Rugissante, La Turbine, Kokako y La Chaude Piste, cada uno con tamaños y atmósferas diferentes. Desde 2024, el concepto de “Île Esperanzah!” reforzó esta idea de exploración: más decoración, pequeñas escenas, arte de calle y rincones inesperados en lugar de concentrar todo el presupuesto en enormes headliners. Camping festivo y familiar completan el fin de semana, pero la escala sigue estando muy lejos de los gigantes belgas. Esa proporción intermedia permite que Esperanzah! mantenga una sensación relativamente humana aun cuando decenas de miles de asistencias se acumulen durante tres días.
El cambio de modelo llegó después de un momento de vulnerabilidad. Las malas condiciones meteorológicas de 2023 impidieron alcanzar el equilibrio presupuestario y pusieron seriamente en duda el futuro. La respuesta fue crear la cooperativa Zah!, que permitió al público comprar participaciones y convertirse literalmente en copropietario del festival. La organización pasó así a una cogestión entre ASBL Z! y SC Zah!, basada en principios de economía social. Más de trescientos setenta cooperativistas formaban ya parte de esa estructura en 2026. La intención no era simplemente recaudar dinero para superar una crisis puntual, sino cambiar la gobernanza: construir un fondo de emergencia, mejorar condiciones de trabajo y recepción, reducir dependencia de cachés excesivos y dar al público capacidad real de intervenir en decisiones futuras. Pocos festivales europeos llevan tan lejos la idea de que una comunidad pueda poseer parte del evento al que asiste.
La edición del 31 de julio al 2 de agosto de 2026 mostró los resultados de esa transformación. Más de veintiséis mil personas pasaron por Floreffe para ver a Lia Kali, La Niña, Scylla & Furax Barbarossa, Nèg’ Marrons, Rokia Traoré, Luiza, Yoa, Ana Frango Elétrico, Bia Ferreira, Son Rompe Pera, Emel e Ibibio Sound Machine, entre muchos otros. El festival consiguió además acercarse o alcanzar nuevamente el equilibrio presupuestario apostando menos por grandes cachés y más por descubrimiento, ambientación y experiencia. La paradoja es que aquella edición podría haber sido también la última en la abadía: para 2027 se estudia una posible mudanza y todavía no existe sede anunciada. Esperanzah! ya ha confirmado que quiere regresar, pero por primera vez su futuro podría no estar unido físicamente a Floreffe. Si finalmente cambia de lugar, perderá una geografía que lo acompañó desde 2002; lo que deberá demostrar es que su verdadero recinto siempre fue otra cosa: una comunidad construida alrededor de música, curiosidad cultural, solidaridad y la convicción de que un festival puede ser al mismo tiempo fiesta y espacio político.
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