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FUNK - JAZZ - SOUL
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Seguidores
203.5 K
Cuándo
09–11 JUL 2027
Dónde
Rotterdam
País
Países Bajos
Artistas destacados
Lineup en camino — lo publicamos en cuanto se confirme.
Faltan
20 ediciones para explorar · futuro, live y pasado
Números, sede y manías de la casa
Entrar en Rotterdam Ahoy durante North Sea Jazz significa aceptar desde el principio que será imposible verlo todo. En una sala puede estar tocando un cuarteto acústico ante un público concentrado en cada silencio; al doblar un pasillo, una sección de metales hace bailar a miles de personas; unos minutos después, otra puerta conduce a soul, funk, hip hop o a alguna forma de jazz que todavía parece estar buscando su propio nombre. Esa abundancia define al NN North Sea Jazz Festival. Durante tres días de julio, alrededor de diecisiete escenarios convierten el complejo de Ahoy en una pequeña ciudad musical cubierta, con más de ciento cincuenta actuaciones y una programación que utiliza el jazz como centro de gravedad sin tratarlo nunca como una frontera.
La historia comenzó en 1976, cuando el empresario y aficionado al jazz Paul Acket puso en marcha la primera edición en el Nederlands Congresgebouw de La Haya. Para un debut, las cifras ya eran extraordinarias: seis salas, unos trescientos músicos y aproximadamente nueve mil visitantes. Sarah Vaughan, Count Basie, Dizzy Gillespie y Stan Getz compartieron aquel primer festival con representantes de la vanguardia neerlandesa, estableciendo desde el comienzo una idea que sobreviviría a las décadas: presentar la historia del jazz y, al mismo tiempo, aquello que está intentando transformarla. North Sea Jazz no nació como un pequeño encuentro que lentamente descubrió la ambición internacional; esa ambición estaba presente desde su primer fin de semana.
Con los años, las salas de La Haya recibieron prácticamente todas las ramas imaginables del jazz y una cantidad notable de figuras que terminaron formando parte de la historia de la música popular. Miles Davis, Sonny Rollins, Herbie Hancock, Wynton Marsalis, B.B. King, Ray Charles, James Brown y muchos otros contribuyeron a borrar cualquier separación demasiado cómoda entre jazz, blues, soul y funk. Esa apertura terminó siendo una de las características esenciales del festival. North Sea Jazz puede programar una leyenda de la improvisación junto a una estrella de neo-soul, un proyecto experimental europeo, una big band, un rapero o un artista pop sin presentar esas elecciones como excursiones fuera de tema. Su argumento ha sido siempre que el jazz vive precisamente porque intercambia ideas con lo que ocurre a su alrededor.
El gran cambio físico llegó en 2006. Después de treinta años en La Haya, el festival se trasladó a Rotterdam Ahoy, donde encontró el espacio necesario para seguir aumentando escenarios, público y posibilidades de producción. La mudanza también cambió la forma de vivirlo. North Sea Jazz es fundamentalmente un festival interior: en lugar de cruzar praderas entre escenarios al aire libre, el público atraviesa pasillos, plazas internas, escaleras y vestíbulos para entrar y salir de salas con dimensiones muy distintas. Grandes auditorios capaces de recibir a figuras internacionales conviven con espacios donde la cercanía permite apreciar un solo, un diálogo entre instrumentos o una nueva banda todavía desconocida por buena parte del público.
Ese movimiento constante es parte del ritual. Los escenarios llevan nombres de ríos y regiones —Amazon, Hudson, Nile, Maas, Congo, Mississippi, Missouri, Madeira o Yenisei, entre otros— y cada uno desarrolla durante el fin de semana una personalidad cambiante. Un plan cuidadosamente preparado puede quedar abandonado después de escuchar algo interesante al pasar frente a una puerta. En torno a los conciertos aparecen entrevistas, clínicas, proyectos de composición, el Codarts Talent Stage para jóvenes músicos, espacios donde el público puede participar y distintas formas de arte visual. El festival también entrega anualmente el Paul Acket Award a músicos que considera merecedores de mayor reconocimiento, manteniendo el nombre de su fundador ligado no sólo a la nostalgia, sino a la búsqueda de lo que puede venir después.
La escala es considerable. North Sea Jazz se mueve alrededor de decenas de miles de asistentes durante el fin de semana y en su configuración contemporánea puede reunir aproximadamente 1.300 músicos. Sin embargo, la multitud se fragmenta continuamente entre numerosos espacios. Esa es una de las razones por las que un festival tan grande conserva momentos sorprendentemente íntimos: mientras una estrella toca ante una sala llena, a pocos metros un grupo más joven puede estar ofreciendo uno de los conciertos que el público terminará comentando durante años. No existe camping ni una separación clara entre “vida del festival” y “programación”; aquí prácticamente toda la experiencia ocurre dentro del laberinto musical de Ahoy y en la relación que Rotterdam mantiene con el evento durante esos días.
El cincuentenario de 2026 mostró hasta dónde había llegado aquella idea de 1976. Diana Krall, esperanza spalding, The Isley Brothers, The Roots, Jon Batiste, John Legend, Nile Rodgers & CHIC, Marcus Miller, Pat Metheny y Cécile McLorin Salvant convivieron con proyectos de improvisación, artistas emergentes y escenas internacionales mucho menos masivas. El aniversario miró hacia atrás mediante exposiciones, archivo y proyectos especiales, pero evitó funcionar como museo: la propia programación insistió en el jazz espiritual, la improvisación libre, la fusión, el neo-soul, las nuevas escenas globales y las conexiones entre generaciones. Celebrar medio siglo consistió, en buena medida, en demostrar que el festival todavía podía sorprenderse a sí mismo.
Esa tensión entre memoria y descubrimiento explica la longevidad de North Sea Jazz mejor que cualquier cifra. El festival puede reunir a personas que llegaron para escuchar repertorios conocidos con otras que pasan el fin de semana buscando deliberadamente músicos de los que nunca habían oído hablar. Al final de una jornada, los pasillos de Ahoy vuelven a llenarse de espectadores intentando decidir si todavía cabe un concierto más antes de salir. Siempre queda algo sin ver, una sala a la que no se llegó o un nombre que alguien recomienda demasiado tarde. En North Sea Jazz, esa pequeña frustración es casi parte del diseño: después de medio siglo, su personalidad continúa dependiendo de que haya más música detrás de la siguiente puerta.
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