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1 ediciones para explorar · futuro, live y pasado
2023Crossover Festival 2023
Números, sede y manías de la casa
En Crossover, buena parte de la música empieza antes de que alguien suba al escenario. Basta caminar por el camping y escuchar un banjo detrás de una tienda, un fiddle que responde desde otra parcela o tres voces intentando encontrar una armonía alrededor de una mesa. Esa informalidad no es un añadido pintoresco al programa: es una de las razones por las que existe el festival. Desde 2017, Crossover ha intentado reunir en Inglaterra una cultura musical que funciona mejor cuando intérpretes y público dejan de ocupar papeles completamente separados. Hay conciertos formales, músicos internacionales y horarios impresos, pero también jams espontáneas, talleres, open mic, baile Appalachian y noches en las que el campfire termina produciendo encuentros que ningún cartel podría haber programado.
La idea nació de Julie Cross y sus hijas Eleanor y Emily, tres músicas que llevaban más de veinte años asistiendo y participando en festivales de bluegrass y old-time. La desaparición de algunos encuentros británicos que durante años habían alimentado esa comunidad dejó un vacío visible. En vez de limitarse a lamentarlo, decidieron crear el suyo. El nombre apareció casi solo: su apellido era Cross y el objetivo era precisamente hacer un crossover entre bluegrass, old-time, country y Americana, músicas emparentadas pero con comunidades y repertorios que no siempre compartían escenario. El primer Crossover llegó en 2017, pensado desde el principio no sólo como serie de conciertos, sino como fin de semana completo donde también fuera importante tocar, aprender y convivir.
Su primera casa ayudó enormemente a darle personalidad. Clonter Opera Theatre, en el campo de Cheshire cerca de Congleton, era un lugar improbable para un festival de bluegrass. Había nacido de representaciones operísticas rurales y conservaba una sala teatral con unas cuatrocientas butacas, rodeada de terrenos donde era posible acampar, organizar sesiones y montar talleres. Durante unos días, aquel espacio dedicado habitualmente a otro tipo de música se llenaba de banjos, mandolinas, fiddles, dobros y armonías vocales. El contraste funcionaba. Los conciertos podían escucharse con la claridad de un teatro, pero al salir el público volvía inmediatamente a un ambiente de camping donde músicos profesionales y aficionados podían encontrarse sin demasiada ceremonia.
El cartel nunca se construyó alrededor de nombres masivos ajenos a la escena. Crossover busca artistas que realmente pertenezcan al lenguaje que celebra, y con los años ha recibido tanto a figuras internacionales como a buena parte de la mejor generación británica de bluegrass. Ron Block y Tony Furtado pasaron por Clonter en 2019; Block, conocido mundialmente por su trabajo con Alison Krauss & Union Station, no sólo tocó sino que impartió enseñanza instrumental. Molly Tuttle y Rachel Baiman estuvieron vinculadas a la etapa inicial, mientras The Carrivick Sisters, Midnight Skyracer, The Often Herd, Flats & Sharps, Hot Rock Pilgrims y Dan Walsh muestran la profundidad de una escena británica que a menudo existe lejos de los grandes focos comerciales. El festival prefiere ese conocimiento específico antes que ampliar artificialmente su alcance.
Por eso tampoco conviene interpretar “Americana” como una excusa para introducir cualquier tipo de rock o pop acústico. La selección es deliberadamente estrecha. La propia organización explica a los artistas que bluegrass, old-time y acoustic Americana tienen prioridad y que no busca pop, rock, metal, punk, jazz ni folk tradicional inglés. Esa claridad da coherencia al fin de semana. Un taller de dobro puede conectarse directamente con lo que se escucha después en el escenario; una sesión de old-time fiddle puede continuar varias horas fuera del programa; alguien que llegó como espectador puede terminar participando en un open mic. El conocimiento técnico de la música —cómo se toca, cómo se canta y cómo se transmite— pesa casi tanto como el espectáculo.
La pandemia produjo la primera gran ruptura. Después de las ediciones de 2017, 2018 y 2019, Crossover pasó dos años sin festival completo. La organización describió posteriormente 2020 y 2021 como “dos años de furlough”. El regreso llegó del 29 de abril al 2 de mayo de 2022, nuevamente en Clonter, con camping, conciertos y talleres recuperando la estructura habitual. Pero aquella edición marcó también el final de la primera etapa geográfica. Para 2023, Crossover se trasladó a Sherbrooke Scout Camp, en Calverton, Nottinghamshire, junto al entorno de Sherwood Forest. El cambio sacrificó la peculiaridad del teatro de ópera, pero ganó algo que encajaba perfectamente con el espíritu del festival: un terreno más naturalmente dedicado al camping, las actividades colectivas y la convivencia al aire libre.
En Sherbrooke, Crossover se parece todavía más a un campamento musical. El programa puede comenzar por la mañana con talleres de banjo, fiddle, mandolin, dobro, guitar o songwriting, continuar con Appalachian dance, conciertos por la tarde y sesiones abiertas al caer la noche. Hay espacios para niños, actividades creativas, open stage y lugares deliberadamente reservados para que la gente toque sin micrófonos. El campfire deja de ser un elemento decorativo y se convierte en otro punto de encuentro. Esa combinación explica la fidelidad del público: no se paga únicamente por ver una lista de artistas, sino por pasar varios días dentro de una comunidad donde la música aparece casi continuamente.
La edición del 1 al 4 de mayo de 2026 mostró esa fórmula en plena madurez. Showman & Coole llegaron desde Canadá; Mason Via y Hank, Pattie & The Current aportaron presencia estadounidense; Flats & Sharps, The Often Herd, The Carrivick Sisters, Hot Rock Pilgrims, Taff Rapids, Good Guy Hank, Rip Roaring Success y otros proyectos completaron una programación que atravesaba bluegrass, old-time y distintas formas de Americana acústica sin perder el foco. La organización ya recibe solicitudes para 2027, aunque todavía no ha publicado fechas oficiales. Crossover sigue siendo pequeño y reconoce abiertamente que el aumento de costes amenaza a festivales de esta escala. Quizá precisamente por eso su valor es tan evidente: conserva un espacio donde escuchar música sigue siendo importante, pero sentarse después con un instrumento y tocarla con otra persona puede ser todavía más importante.
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